No Suplantar: el Arte de Formar sin Reemplazar

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Si tuviera que resumir uno de los errores más significativos que cometí en la formación de mis hijos, usaría una sola palabra: suplantar.
Lo hice con amor, por supuesto. Pero hoy sé que hay amores que, aunque bien intencionados, generan resultados negativos.

Afortunadamente, muy temprano en mi camino encontré una reflexión poderosa que me iluminó y me permitió corregir a tiempo:
“Si quieres que tus hijos tengan una adolescencia fácil de llevar, déjalos decidir.”

También como líderes suplantamos

La palabra suplantar también tiene un lugar importante en la transformación hacia el liderazgo que requiere la realidad actual.
Entenderla bien ayuda a mirar con más conciencia hacia dónde orientar el actuar. Porque sin darnos cuenta suplantamos en medio de un mundo retador, impredecible y exigente… y detenemos el avance esperado.

¿Qué significa para ti esta palabra?

¿Cómo la relacionas con la educación y el liderazgo?

¿Te ha pasado alguna vez que suplantas a otros?

Suplantar es tomar el lugar del otro. Pensar por él, decidir por él, actuar en su nombre.  Lo hacemos “para facilitarle la vida”, “para evitarle el esfuerzo”,  “para asegurarnos de que todo salga bien” o “para evitarles emociones negativas”.  Y sí, lo hacemos por amor.


Pero… ¿qué enseñamos realmente al hacerlo? ¿qué mensaje damos?

Cuando suplantamos, debilitamos

Cada vez que tomamos decisiones por otro, sin darle espacio a equivocarse o a aprender, enviamos un mensaje:  “Tú no puedes solo.”

Sin quererlo, bloqueamos su pensamiento, su creatividad y su confianza.
Formamos personas con actitud de víctima, con miedo a decidir, inseguras para actuar.  No porque les falte capacidad, sino porque no la han tenido que desarrollar: siempre hubo alguien que lo hizo por ellas.

Formar es respetar el proceso del otro

Tanto en la educación como en el liderazgo, formar no es suplantar. Es inspirar.


Es invitar a pensar, a decidir, a actuar. Es dar confianza para que el otro puede… incluso si al principio no le sale bien.

Nadie nace aprendido. Se aprende ensayando, intentando, equivocándose y corrigiendo.  Y eso solo es posible cuando se permite vivirlo, para aprender y superarlo.   

El camino que todos hemos recorrido y que da resultado es iniciar con accione de principiante.  Hay una evidencia, nadie aprende a caminar si le suplantan cuando gatea.

¿Entonces no puedo aconsejar?

Sí puedes, pero no antes de escuchar. No antes de dejar pensar.
No antes de que el otro tenga ganas de saber, de crecer, de entender.

El consejo debe sentirse como un regalo, no como una imposición.

Se puede enseñar desde la pregunta, no desde la respuesta.
Se puede inspirar desde la indagación, no desde el juicio.
El que se siente comprendido, se abre. El que se siente juzgado, se cierra.

Ese es el arte de humanizar el liderazgo y la educación:
Devolverle a cada persona su poder de pensar, elegir, decidir y aportar desde lo que es. Empoderar a cada persona para transformarse y crearse.

No suplantemos. Inspiremos.

La verdadera transformación ocurre cuando el otro descubre su propio valor, su propósito, su diferencial.  Eso sucede cuando la pregunta le ayuda a ir por su propia información, no cuando se le entrega la respuesta.

Si me ayudan a pensar en mi diferencial, en mi propósito, en lo que puedo aportar y lo que me une a otros, lo encuentro y me comprometo desde la voluntad.  Si me lo recitan lo aprendo y lo obedezco.

¡Hasta pronto!

MARTA OLGA